Roma, la ciudad sin control

 

El pasado 27 de abril se produjo la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II en la plaza de San Pedro del Vaticano. Millones de peregrinos acudieron a este acto con la ilusión de poder estar lo más cerca posible del altar, la realidad es que, una vez desalojada la plaza de San Pedro a las 7 de la tarde, y la Vía de la Conciliación, todos los feligreses venidos de todas las partes del mundo se vieron obligados a esperar a las 12 de la noche para que abriesen poco a poco las distintas puertas que habían puesto por la vía las autoridades romanas.

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Canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II

Esta fue la única ocasión en la que se pudo ver a los “millones” de voluntarios, policías, y demás cargos puestos a disposición del control a los accesos de la plaza. Después de todo esto las avalanchas de las personas que quería acceder a las puertas de San Pedro eran indomables.

Los peregrinos esperaron cerca de siete horas hasta que abrieron la plaza de San Pedro, siete horas de agobio, de pie, sin poder moverse ni siquiera para salir de la gran masa de gente. Los policías no hacían nada, las ambulancias no podían entrar a socorrer la aglomeración de jóvenes, ancianos e incluso niños que se mareaban por la asfixia que se estaba causando.

A las cinco de la mañana se abrieron las puertas a la plaza, ese fue el momento álgido de la madrugada, donde los millones de personas marchaban sin ninguna compasión por aquellos que se caían, que se mareaban o incluso que no podían avanzar porque sus fuerzas las habían gastado tras las siete horas de pie en un mismo punto sin andar ni siquiera un metro.

La verdad es que la organización fue un desastre, no se encontraba ninguna línea entre lo que era paso y donde se podía asentar para ver la ceremonia retransmitida por las diversas pantallas que se colocaron por toda Roma. Ni la policía, ni los voluntarios hacían nada para evitar lo que estaba ocurriendo, incluso cuando se le pedía ayuda no actuaban.

Lo único que estaba controlado era la plaza de San Pedro todo lo demás era un auténtico caos. La gente pasaba el castillo de san Ángel, incluso al otro lado del río, todo estaba plagado de peregrinos. Es evidente que no se esperaba tanta gente o, si se esperaba, no se tomaron las medidas oportunas.

A causa de esta mala organización, los peregrinos querían hacer de esta situación caótica su propia justicia, ya que habían hecho un largo viaje para poder ver de cerca al Papa Francisco. Las peleas entre los mismos eran continuas, lo que causó que después de más de 12 horas esperando para coger un sitio, muchos de ellos tuvieron que abandonar la calle sin poder escuchar o ver la ceremonia por ninguna parte de Roma.

¿Donde se metieron los siete millones y medio que el ayuntamiento de Roma dio para este encuentro? Desde luego los peregrinos que estuvieron ahí vieron a las autoridades, pero en las calles paralelas que se encontraban cortadas y solamente ellos saben por qué. Permanecían en grupos de más de cincuenta personas entre voluntarios y policías que, o no atendían a los visitantes porque su conversación era más importante o por qué hacían caso omiso a las peticiones de las personas, que pedían que por favor fuesen a poner un poco de orden.

 

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